El Líbano pasó de ser la Suiza de Oriente Próximo a una nación en colapso. En apenas dos años, la inflación superó el 140%, la moneda perdió el 90% de su valor y el 36% de la población cayó en la pobreza extrema. Detrás de esta catástrofe hay un sistema bancario fraudulento, una élite política corrupta que saqueó el país y una población desesperada que vende sus últimas pertenencias para comer.

En pocas palabras

El Líbano colapsó en 2019 cuando inversionistas extranjeros abandonaron el país tras perder confianza en el gobierno. Sin dólares, el sistema bancario se derrumbó, la moneda se desplomó y la inflación alcanzó el 140%. Hoy, familias enteras viven en la pobreza extrema, venden joyas para comprar comida y dependen de organizaciones caritativas para sobrevivir.

Hace apenas tres años, el Líbano era un destino próspero que atraía inversión internacional. Hoy es un país fantasma donde la gente vende sus últimas joyas para alimentar a sus hijos. La crisis económica que estalló en 2019 transformó la vida cotidiana en una batalla por la supervivencia. Los precios de los alimentos se multiplicaron por quince, la gasolina se volvió un lujo inalcanzable y la electricidad solo funciona una o dos horas al día.

Detrás de este colapso hay un sistema financiero construido como una estafa piramidal. Durante décadas, los bancos libaneses prometieron intereses atractivos usando dinero de nuevos clientes para pagar a los antiguos. Cuando los inversionistas extranjeros se fueron, toda la estructura se derrumbó. Los políticos y banqueros saquearon el país, transfiriendo cientos de millones de dólares a cuentas en el extranjero. El gobernador del Banco Central y su hermano tienen casi 300 millones de dólares en Suiza. Mientras tanto, ciudadanos que trabajaron toda la vida no pueden acceder a sus ahorros bancarios. Los bancos impusieron restricciones draconianas: solo pueden retirar dólares nuevos del extranjero, pero sus ahorros previos a 2019 están congelados indefinidamente.

La corrupción no se limita al sector financiero. El puerto de Beirut, que debería generar 25 mil millones de dólares anuales, apenas produce 200 millones porque funciona como un esquema de sobornos. Inspectores de aduanas reciben hasta 2000 dólares diarios en coimas. Cuando se descubrió que había 2750 toneladas de nitrato de amonio almacenado sin vigilancia en el puerto, nadie actuó. La explosión de agosto de 2020 mató a 218 personas. El juez que investiga el caso es constantemente apartado por presión política. Un coronel que alertó sobre el peligro en 2014 murió en circunstancias dudosas años después.

La crisis ha creado una sociedad fracturada. Quienes reciben salarios en dólares frescos se han enriquecido mientras el resto se empobrece. Un empleado de una farmacéutica internacional gana 5000 dólares mensuales, equivalente a 60 millones de libras libanesas, y vive como rey. Sus colegas que cobran en moneda local apenas pueden llenar el tanque de gasolina. El salario mínimo se redujo a 30 dólares mensuales, más bajo que en Afganistán. Las tensiones religiosas resurgen: en octubre de 2021 estalló un tiroteo entre cristianos y chiitas que duró cinco horas y dejó siete muertos. Familias enteras se esconden en baños temiendo lanzacohetes, recordando los horrores de la guerra civil.

Puntos clave

  • La moneda libanesa perdió el 90% de su valor en dos años y la inflación alcanzó el 140%, la más alta del mundo en ese momento
  • El sistema bancario funcionó como una estafa piramidal durante décadas; cuando los inversionistas se fueron, todo colapsó y los ciudadanos quedaron sin acceso a sus ahorros
  • Una élite de políticos y banqueros saqueó el país transfiriendo cientos de millones de dólares al extranjero mientras la población cae en la pobreza extrema
  • La corrupción sistémica en el puerto, la negligencia que permitió almacenar explosivos sin vigilancia y la obstrucción de la justicia revelan un estado capturado por la mafia